DESDE EL ESCRITORIO DEL PÁRROCO

Estimados Feligreses de Santa María,

Con los ojos cautivados en el amor, tenemos la capacidad de percibir la realidad más allá de lo meramente superficial. Mire el ejemplo primordial de amor, es decir, la novia y el novio el día de su boda. Fíjese cómo se miran uno a otro. Por deslumbrantes que sean los vestidos o los elegantes que sean los trajes, la verdadera acción toma lugar en sus rostros. Sus ojos están fijos en el uno al otro con afecto inmortal. Los pequeños músculos alrededor de la boca tiemblan altivamente. El resto del cuerpo paralizado de calor, mientras el corazón palpita sangre mil veces. La novia y el novio están parados uno frente al otro, cara a cara, aturdidos por el misterio. Mirándose uno al otro en la grandiosa dimensión del momento, ven algo completamente diferente a lo que usted y yo vemos. Nosotros vemos a nuestros amigos, nuestra hermana o hermano, nuestra hija o hijo, nuestro primo de un pariente lejano o cualquiera que sea la conexión. El novio y la novia, sin embargo, reconocen que quien está frente a ellos es mucho más. El amor tiene el poder de penetrar la superficie de la realidad, manifestando otra dimensión completamente adorable.

"¿Quién dices que soy?" Jesús hizo esta pregunta a sus discípulos en Mateo 16:13-16. O dicho de otra manera, les preguntó ¿qué ven cuando me miran? Otras personas respondieron tímidamente: “Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas.” Esta respuesta anémica está atrapada en la superficie. Pero observe la respuesta de Pedro en este destello fundamental. Por un don único de la gracia, Dios le concedió la visión transformadora del amor. Exclamó: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios viviente”. Pedro profundizo, más allá de la mera apariencia de Jesús mientras estaba allí de pie en toda su normalidad y vio la divina verdad escondida: el hombre frente a él era más que un hombre. Al igual que una novia en su día especial, el hombre que está frente a ella es más que un hombre y ella es más que una mujer para él.

Dicho todo esto, ¿qué ve cuando mira fijamente la Eucaristía? A través de todas las apariencias, sus sentidos le dicen una cosa. Los ojos ven pan y su paladar le dice lo mismo. El vino todavía sabe y huele a uvas fermentadas. Sin embargo, las palabras de Jesús en el famoso Evangelio de Juan, capítulo seis, nos persiguen, metódica y escandalosamente. "Esto es duro; ¿Quién puede aceptarlo? dijeron, cuando Jesús les encomendó que “mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida”. Si quieren la vida eterna, deben comerlo. Esto fue simplemente demasiado para muchos de los que seguían a Jesús. La mayoría de la gente lo abandonó aquí. Ellos “vieron” a Jesús y se resistieron. Dirigiéndose a los poco que se quedaron, les hizo la pregunta que el amor teme hacer: "¿También quieres irte?" Para que el amor sea amor auténtico, debe darse libremente y aceptarse sin extorsión ni obligación. Jesús les da la opción de quedarse o huir, de volver a la vida, a la misma situación como estaban y volver a la superficie. Pedro ahora, con los ojos cautivados en el amor, responde: “Maestro, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna, hemos llegado a creer y estamos convencidos de que eres el Santo de Dios”. Pedro vio el amor. Pedro vio a Jesús en la Eucaristía. En Los santos ven a Jesús dando cada onza de su amor para ir tras la oveja perdida. ¿Que ve usted?

En Cristo,

Padre Brian J. Soliven

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